lunes, 20 de diciembre de 2010

La mañana de Pi.

El barrio de las putas es por las mañanas, la tierra de los perros vencidos. Los perros reposan y sus ojos cansados vacilan, entreabiertos. El suelo ataja pedazos del polietileno arrugados y mal cortados, que planearon al piso casi en simultáneo con la última esperanza de aquél: otro bastardo, hijo de la madre noche. Perros y bolsas: testigos del sueño de mañanas de miércoles, donde abren sus puertas talleres; depósitos y pequeñas fábricas, cuando te miran con desconfianza por no poder descifrar cuáles son las «reales» intenciones de tu deambular. Cuando en realidad no existen razones, para alguien, podes llegar a ser un espía de la CIA, o sin ir mas lejos, un botón de la AFIP, la cana o cualquier otro bicho indeseable que represente una potencial amenaza para el sostenimiento de sus actividades irregulares. El desconcierto, cuando violentamente y con el ceño retorcido, indagan:

- ¿Qué necesitas?

Y vos les respondés:

- Nada, estoy paseando.

Y te invade el odio, cuando pensás: ¿Cuál será la razón por la cual uno no puede caminar por la vereda de una cortada, sin que algún alma aburrida ponga en tela de juicio tus acciones o potenciales (asimismo ficticias) intenciones?
Hay cosas que están mal y se te enmaraña la cabeza cuando intentas dar forma a una posible explicación que ,al toque te das cuenta, sólo podría caber en el marco de tu acotadísimo mundito de construcciones estupidísimamente idealistas. No lo podés resolver, no lo podés conceptualizar como para escupirlo, de una, en forma de paquete vendible. No para que otros se lo compren. Pero sabés que definitivamente algo está mal.

- ¿Qué necesitas?
- ¿Qué vas a hacer?
- ¿Cuál es tu plan?
- ¿Que querés ser (por que todavía se ve que no SOS)?

- ¡Nada! Estoy paseando.

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