- ¿Qué onda?
Le preguntó después de que él hubiese hecho un comentario sobre una de sus fotos. Y conociendo de antemano la real intención de ésta «increpación» no menos abstracta que sugestiva, intentó decodificar una respuesta. Poco sugestiva, algo ingenua y no menos abstracta:
- La mejor... Y no pudo rehusarse a jugar el juego, y preguntó:
- ¿Qué onda con qué?
- ¿Qué onda con vos? Te vi una sola vez en la calle y no te vi mas...
No hacía poco rato que la situación lo había puesto incómodo. Mas bien se sentía incómodo desde que el intercambio de mensajes había empezado. Hubo desde ese entonces algo que lo entristecía, algo que lo decepcionaba; ese mismo lugar en el que se cuestionaban sus «ideas ideales» y terminaba por activar en él la génesis de una bronca, era donde se habia alojado la leve molestia que, obviamente por aquel momento ignoraba, iba a desatar mas adelante, la metástasis de su cáncer existencial. Seguir intercambiando mensajes, hubiese supuesto seguir confirmando por dónde venía el asunto. Ya lo sospechaba desde el principio, lo afianzaba ahora y aunque la confirmación era inminente, no tenía ningún interés en alimentar el ego de su «yo premonisor». Definitivamente se había arrepentido de no haber podido contenerse, de no haber podido controlar su narcisismo, el cual demandaba regularmente los cumplidos, elogios, o cualquier tipo de proposición relacionada con su apariencia física o su labor intelectual, de las cuales en realidad no era artifice, sino mas bien una especie de heredero. Casi como si se tratara de un proceso químico o biológico: él necesitaba que terceros, sea quien fuere, alimentasen de aquella manera su ego. Eso era lo que lo destruía, lo que lo carcomía por dentro, su contradicción, esa era Su Contradicción. Y acá es cuando se arrepentía, después de pensar unos minutos se daba cuenta, se retractaba y definitivamente se arrepentía de haberle dicho que sí al juego de la seducción frívola. Se demora, pero finalmente responde:
- No quiero ser mala onda pero... ¿?
Y en vez de cortar en seco, vuelve a meter la pata. (¿?). ¿Con que necesidad alimenta el diálogo, de esta manera con la cual pretende parecer desinteresado (lo que probablemente logra)? La lucha contra la contradicción no parece ser algo que le resulte fácil resolver, mucho menos de un instante a otro, mucho menos durante una conversación en la cual no se expone cara a cara con su interlocutora. Y ella responde:
-¡Onda que te cojo en un callejón, o donde te encuentre!
Y súbitamente, es abrazado por el alivio, no por corroborar explícitamente lo que venía pronosticando desde el principio, no por haber sumado ese granito de arena a la duna de su ego, por que su ego y su narciso eran eso: una duna. Se construía de a granos que llegaban de vientos que soplaban otros, se erigía inmenso por sobre un desierto de otras dunas, pero así de efimero era, que cuando el mismo viento que lo había construído, decidía lo contrario, se desmoronaba y tenía que volver a empezar, a construirse casi desde cero con la ayuda, y a merced del mismo viento que lo había desperdigado. Se sintió alividado, por que por un instante volvió a creer en un sentido de coherencia en el accionar de las personas: Le pareció auténtica la respuesta, le pareció que correspondía, que se correspondía con alguien que «encara» de esa forma, a un ser del cual no posee damasiado, por no decir nigún conocimiento: A un total desconocido. Quizá por ésto fue que continuó preguntando, aún cuando casi instantaneamente se arrepentía, quizá estaba en busca de esto, algo concreto y directo, quizá desde un principio le había molestado la manifestación abstracta e indirecta con la que ella había decidido darle comienzo a un «acercamiento» del cual él ya conocía de antemano su objetivo: Sexo, impersonal y frívolo.
Ante la demora en su respuesta, ella se anticipó y descontracturó un poco:
- Igual, no te asustes, yo soy así de impulsiva, acordate de cuando te frené en la calle, respondo a mi calentura. Me gusta tu onda, es eso...
A lo que él atinó a responder una serie de construcciones evasivas, poco comprometidas y «buena onda», las cuales pretendían justificar de una manera bastante estúpida y falsa, la negativa hacia la propuesta que se le había insinuado. Evasivas patéticas y confusas que cerraban con un penoso, aunque muy común por éstos tiempos:
- Buenísimo, todo bien entonces.
Se quedo pensando en dos palabras muy puntuales, tan puntuales como esas palabras que no se remiten solamente a su significado, sino que mas bien alojan micromundos, o mejor dicho submundos, escondidos en el cosmos de la linguística. Dos palabras: Calentura y «Onda». Haciéndose una pregunta «infanto-irónica» piensa: ¿Que tendrá que ver algo caliente con algo sinuoso? Y muy rapidamente elaboró una respuesta, no menos imbécil: «Las dos responden a un fenómeno físico». Y casi instantaneamente, se dió cuenta de que el parentesco entre éstos dos términos, no estaba delimitado exclusivamente por las barreras de la física, sino que se encontraban muchísimo mas entrecruzadas en el correr de la cotidianeidad en la cual se veía inmerso gracias a la dictadura de la época en la que le había tocado vivir.
Onda... se preguntó... qué significa la onda de uno, y cómo podía alguien que lo había visto una vez en la vida (tal como su interlocutora hubiere afirmado), gustar de su onda. Quizá por haber visto sus fotos, o sus comentarios, o lo que sus cuatro fotos de perfil mostraban de su apariencia. Pero... ¿No era eso una visión totalmente parcializada?¿No era posible, que todo ese contenido pudiese ser fácilmente manipulable y almoldable falsamente para mostrar cualquier cosa menos la realidad o lo escencial de una pesona?¿Era posible que las personas pudiesen desear a otras, interpretando un puñadito de información colgado de una red social en internet? Por un momento se sintió medio naif y un poquito pelotudo, se sintió un gil en el momento en que pensó con mayor frialdad, y se dió cuenta de que hacía ya casi medio siglo, si no es que una eternidad, que un deseo sexual podía ser provocado nada mas que por medio de una imágen, y que además, las intenciones de la chica no eran mucho mas que un garche rápidito y consistente, lo que tampoco para él significaba gran cosa. Se sintió también un tanto hipócrita al darse cuenta de que inconscientemente se había autoproclamado como una especie de «purista romántico» negado a cualquier clase de costumbre mundana, libertina o libidinosa, cuando ni siquiera cerca estaba de recordar la cantidad de ocasiones en las que se había vuelto de fiestas, a acostarse borracho con compañeras que no podía soportar encontrar a su lado al despertarse. De cualquier manera, había alguna cuestión que seguía atormentándolo, porque siguió pensando, volvió un poco atrás, y se dió cuenta de que éste «impulso» al cual se refería la chica, no parecía haber sido provocado por una imágen, o alguna cuestión un tanto vívida, como puede ser algún encuentro nocturno, sino que parecía encontrar su despertar en un enriendo muchísimo mas complejo y preocupante, un enriedo psicólogico que para él empezaba a dibujar lo que sería el retrato mas grotesco de la época de la imágen y la frivolidad extrema: La despersonalización, por medio de la construcción de un perfil de persona, basado en la interpretación aleatoria de datos y referencias, casi en su totalidad virtuales. Por que no era que había habido uno de esos tipicos contactos via internet por los cuales se habla, se intercambia algo, se sale, se toma algo, se coje y chau.definitivamente no, esta chica estaba comprando algo, convencida, estaba creyendo en algo, engañada por relacionar cuestiones de una manera viciada por la virtualidad, respondiendo a un mecanismo muchísimo mas peligroso, por medio del cual lo frívolo no solo entra por los ojos, sino que comienza a ser un modo de pensar y de desenvolverse, una especie de parásito o mejor dicho simbionte que con el tiempo se podría llegar a hacer imposible de extirpar; lo frívolo disfrazado de profundo, construído con cimientos sobre un nefasto eslogan: «Me gusta tu onda». Y para peor: «Me gusta tu onda, vamos a cojer».
Todavía no había luz suficiente para apagar el velador. Amanecía y casi inevitablemente volvía a arrancar otra semana. Hacía unas horas había leído un aviso que llegó a darle escalofríos: «54 días para navidad». Y así se escapaba otro año mas, con moño y todo, y como tratando de dividir lo indivisible pensó: «54 días para navidad». Todavía no había luz suficiente en la habitación, los sonidos del despertar de una ciudad se arrimaban tímidos, todavía no era fin de año, aunque marzo ya resultaba inmemorable, empezaba la semana, y empezaba a terminar el año, y él sentía que todavía no sabía nada.
Al salir al balcón , notó que el frío de su habitación era pura subjetividad. Se pegó una ducha y se vistió apurado, estaba tarde como siempre. Su hermana le preparo un sandwich, que devoró de paradado, a las corridas, empujándolo a través de su esófago con la ayuda de un vaso de agua fría. Así atravesó la puerta del departamento de calle España, apurado, retrasado, semi-dormido: Como siempre. Caminó hasta el estudio, como todos sus «lunes a viernes», durante una de esas horas del día en que cualquier ciudad del mundo podría ser cualquier otra ciudad del mundo. Caminar le marcaba cierto ritmo, el ritmo de sus pasos, un ritmo y una constancia que se le hacía muy díficil de sostener en su vida en general, por eso se activaba y pensaba, pensaba mucho mientras caminaba, casi como por acción espontánea se le venían a la cabeza melodías, marcadas por el tempo de sus pasos, letras al azar que se armaban en palabras y obligatoriamente después en frases. «Cuan poco duran algunas cosas y cuanto espera uno por ellas». La caminata se alargó un poco mas de lo normal: El calor y la humedad retardan su paso. Todavía no era Noviembre y ya sentía que se empapaba en sudor, todavía no era Noviembre y veía como las personas que caminaban como él, ya habían desenfundado las ojotas, todavía no era Noviembre, aunque ya había pasado julio: ¡Qué poco duraba la primavera en Rosario!
