él era un suicida.
y
ella
una sobreviviente.
lo único que lo aferraba,
era el roce
o
la fricción,
entre sus huellas
dactilares
y
su
tez.
eso era
lo que él
se repetía:
Soy un suicida,
y vos,
una sobreviviente.
Incesantemente.
y lo que le decía
al oído
en susurros
apenas audibles
cuando sus cuerpos,
se aproximaban lo
suficiente:
Soy
un
suicida
y vos...
una sobreviviente.
Mientras reposaban,
mientras hablaban
sin
mirarse
y se espiaban,
con sigilo
sus miradas,
él
la sorprendía
con sus ojos
perdidos en la lluvia
que volvía,
a través de la ventana
de aquel cuarto despojado.
ella
siempre lo entendió
aunque no pudiese salvarlo.
