Despertarse al mediodía. Cara de suicidio. 14 hs. Choripanes en el patio: a la órden de Pedro. La casa de Neruda: Un par de tomas interesantes, casi nada más. Lo irritante: el lugar transformado en un «No se puede... por decisión de la fundación etcétera... y demás etcéteras pelotudos».
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La caminata por los cerros me reanimó. Volví a sentir. Me volví a olvidar de la derrota de lo sensible ante lo bruto. ...
Abrazaban los cerros, arquitecturas del enigma... Calles «Pseudo - olvido»: Los bárbaros se hubiesen horrorizado, hubiesen hablado de abandono y demas cualificaciones sin el menor grado de análisis. En Valparaiso, el paso del instante se impregna en la materia, dandole una silueta tangible a la cuarta dimensión: El tiempo.
Bajando por alguna callejuela, pegado al hostel «Caracol», encuentro un atelier. Charlo con Ariel. Ariel es pintor y VIVE en Valparaíso. Es un tipo de ahí. Ariel es un hombre en su lugar. Salgo por la misma puerta por la que entré y me alejo a paso de turista. Me freno en una especie de terraza o mirador y me siento sobre la varanda. Le doy un espacio a respirar y pienso en el hecho de que, para un hombre, estar en comunión con su entorno mas cercano, es un gran paso en el camino hacia la sanación de las angustias de la propia existencia.
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Bajando, a cinco minutos: El opuesto. Cinco minutos: El umbral.
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El barrilete de Fede se arrastra, remarcando su paso. El barrilete que acababa de comprar, ahora esta roto. Ya no puede volar, aunque sopla el viento. Se arrastra, aunque todavía sopla el viento.
«¡Señor, señor! ¿Es eso un volantin?»
«Nosotros le decimos barrilete»
El nene acomodó el cubo, y frunciendo el seño pasó a la siguiente.
«¿De dónde venís?»
«De Argentina»
«¡Yo quería conocer Argentina!»
«Bueno, te dejo que vayas a vivir a mi casa, y yo me quedo a vivir acá, en la tuya»
Perplejo, el pibe esbozó una sonrisa. Sus ojos la acompañaron. Por un instante, fue feliz. El nene vivió algo, que para él, resultó de lo mas insólito. Sintió como la intriga se abrazaba con la emoción. Pegó media vuelta y salió corriendo. Se fue. Por un instante, fue feliz y por primera vez en su vida había vuelto a no saber.
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Me conseguí una birome, el lápiz era de mina blanda y ocupaba demasiado espacio: el grueso de las líneas era absurdo, le quitaba peso a las letras y por consiguiente, las palabras gozaban de una liviandad que me incomodaba. En fin... El bar... Ricardo... Ricardo, el abogado... Su nariz... La vela...
Digamos que Ricardo es un abogado, un profesional graduado de la Universidad Católica; un ex niño bien que hizo las cosas bien, aunque siempre tuvo dentro de si, el bicho del cambio, ese deseo del non-establishment. Sus ojos avinagrados todavía sostenían una mirada romántica. Nóstalgico, Ricardo me comentó algo sobre sus viajes y su estadía en Buenos Aires durante la dictadura de Onganía; «Tiempos dificiles» me dijo. De Buenos Aires, le fascinó la Bohemia, y a mi me resultó curioso oír hablar de «La Bohemia» como tal. En el aire, el aire que existió por entre nuestra conversación, pude olfatear el aroma de un espíritu que, aunque cagado a patadas por las botas de la vida, todavía aguantaba. Y volvía al ruedo. Volvía, como Mikey Rourke en «Barfly», volvía al bar por otro trago, después de que el bar tender le hubiese partido la cara a trompadas la noche anterior.
Ricardo estaba ahí, en su bar, el bar que me dijo: «Un bar de amigos». Ricardo estaba sentado, ahi; en un bar del puerto. Su «Cola de mono», vacío. Su nariz escrachada, y el espacio entre el pulgar y el índice de punta en blanco.
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Paso apurado, hacia arriba. El trago amortigua los ruidos y exhalta los olores. Bart disfruta del trance, se lo encuentra sereno. Me cuenta algo bueno. Compra un bocado en la panadería.
«¿Compramos unas birras?»
«Y...Si no queda otra...»
Subiendo y subiendo... en Valparaiso casi el noventa por ciento del tiempo estás caminando para arriba; Lo lógico indica que, si subís, después bajas en igual medida.... En Valparaíso, eso no pasa. Tuvimos que frenar antes de llegar al hostel, el cóctel de escabio y esfuerzo nos había empezado a dar dolor de cabeza.
Así siguió la noche, un aperitivol, se transformó en un arranque bastante importante; en el hostel, con todos.