domingo, 20 de noviembre de 2011
Una memoria entrecortada
martes, 16 de agosto de 2011
54 días para navidad
martes, 21 de junio de 2011
Día de la bandera.
viernes, 17 de junio de 2011
martes, 7 de junio de 2011
En Pampa y la via.
Se sentaba Alfredo todos los días, en su silla, en la vereda. Todas las tardes sentado en su silla contigua a la calle. Una calle díficil de encontrar. Puertas afuera de aquel reducto, su casa, sobre la calle Pampa; donde la vereda deja de alzarse por sobre el nivel del asfalto y empieza a esconderse por debajo de este. Sobre la calle Pampa, a unas pocas cuadras de la vía, vecino de aquel lugar que todos conocemos pero -me atrevo a decir- pocos han visitado: «Pampa y la vía». Y la cosa consistía en esperar, era mas o menos eso. Alfredo esperaba, y mientras tanto trataba laboriosamente de remover el óxido añejo, impregnado en larguísimas series de piezas pertenecientes a quien sabe cuales maquinarias.
Atravesando un pasillo, así se adentraba uno al hogar de Alfredo, sobre la calle Pampa. El pasillo era largo (supongo que ahora lo será mas todavía) y conquistarlo era casi una aventura: Se encontraba este, atisborrado de chatarra oxidada, apilada y desorganizada, tal es asi que parecía ser todo una misma masa homogénea. Pasar, para por fin y de una vez, cuando la asfixia se hiciese incombatible, desembocar en un pulmón no menos mugriento, pero definitivamente, todavía, mas vivible. En dos cuartos chiquitos y una mas que restringida cocina, vivían Alfredo y su hermano, del cual, por circunstancias del azar, debía Alfredo, hacerse cargo.
El seño fruncido de Alfredo era mas bien, una eterna mueca de angustia, ya «petrificada», que hacía igual, y contra toda adversidad, un enorme esfuerzo por no desaparecer ¿Que sería de una cara sin su gesto?¿Que sería de un hombre sin su cara?¿Que serían las manos de Alfredo sin su rostro, sin su mueca? Por que después de todo, era aquella la que las acompañaba incondicionalmente, contra viento y marea, o para ser mas preciso contra humedad y miseria. Las manos: robóticas, hastiadas aunque todavía persistentes, casí autómatas. Había en esta relación, algún dejo de humanidad, alguna esperanza romántica. Algo que, entre líneas, dejaba leer una prueba de vida. Y vivir era así para Alfredo: Esperar. Y tratar de encontrar algún destello entre la chatarra vieja, removiendo el óxido, insistiendo en volver darle vida a un conjunto de cosas que ya la habían dejado ir hacía rato. Alfredo se sentaba, esperaba, ordenaba las piezas sobre el cesped crecido, y buscaba brillo. No se daba por vencido, pero el túnel era largo y estaba lleno.
domingo, 13 de marzo de 2011
Una noche en contramano.
martes, 8 de marzo de 2011
Textos viejos.
El pasillo oscuro, como siempre. El cielo amenazante ¿Llueve? No. Se asoman estrellas, algunas prometen cosas en las que ya no creo. La puerta; reja, traslúcida. El frío petrifica la arquitectura, las calles, las veredas. Gris. Perspectivas derechas, duras, perfectas líneas, hacia arriba, el cielo abreviado. La iluminación de la plaza parece justa, escenográfica, mentirosa. Cruzo al mini y me topo con la empleada, esa que hace dos noches no me dejo entrar con mi bicicleta y lejos de sentir algo negativo, sentí familiaridad, agrado, quizá por la costumbre de haber sido atendido por la anterior, la gorda insufrible. Bueno no viene al caso, otra historia. Pago la botella de sprite que me pidió Hernan y emprendo la vuelta. No veo el cielo. Un colectivo vacio que dobla violento me hace pensar en las cosas carentes de contenido, esas que no tienen motivo de ser, tampoco adquieren sentido, pero siguen funcionando, una y otra vez, como el recorrido, siguen y siguen mecánicamente, por la inercia misma de existir, por la regla, lo establecido, lo normal devenido de la norma o lo correcto devenido de lo corregido o porque nada o nadie se tomo el trabajo de pararlo. Ordenes, orden natural impuesto o auto impuesto. No hay un alma en la calle, es miércoles, invierno húmedo en la ciudad, son las dos a.m. Me cago de frio y pienso que me tengo que volver pedaleando ¿Me quedo? No, todavía no puedo. Hernan no está tomando. Hernan arreglo el inodoro.
Paranoia.
Estoy sentado en la frontera… La de mi cabeza no entiende… Me confunden los ruidos, sonidos, voces, adversos, justo en el límite natural o forzado. Este punto de quiebre, es escape. Es este el lugar en donde termina el ruido y empieza la calma o, viceversa… Para un lado el misterio de un horizonte infinito, girando 180 grados una barrera, un muro construido. También me genera intriga… ¿Sera este homogéneo ordenamiento de elementos fiel reflejo de lo que albergan? ¿Sera entrar, pasar, una infinita repetición de algoritmos matemáticos que inevitablemente derivan en un mismo y único resultado?
La línea virtual se materializa repentinamente, ante mis ojos, mi bicicleta. La misma que alguna vez fuese comparada con un portaminas. Cambie de posición y ahora soy la frontera. Puedo decidir, lo sé todo y al mismo tiempo, soy ajeno a ese todo. Escucho todo, escucho al todo y a la vez no escucho nada, no escucho a la nada. Una parte de la línea siente el alivio del calor del sol y la otra se contrae por la brisa de invierno. A un lado pasa gente, de a uno o de a dos, una familia o una pareja, dos amigos o dos amigas, uno solo, jóvenes o viejos, algunos con perros, corriendo, caminando, a paso tranquilo, contemplativo o esquizofrénico, apurado, desentendido o despreocupado. Del otro lado, el curso sigue otro ritmo, las cosas flotan y llevan un rumbo mas seguro o más definido, las veo más pequeñas por ende ajenas, no las conozco y me da escalofríos.
Hoy ya es otro dia y amanecí a otra hora. Hace un tiempo que pasó el mediodía. Me encuentro perdido, no soy más una línea sino más bien un punto, indefinible, la cabeza de un alfiler en una metrópolis, no, más chico, infinitamente más chico. El paisaje se define a 360 grados. No hay horizontes, no hay límites pero parece haber barreras. Es contradictorio pensar que estoy en un parque, piso el piso y veo el cielo, y aun así se me hace difícil dejar de sentirme encerrado, las construcciones me aplastan, el entorno inhóspito. El vacio hace ecos que retumban y retumban, se reverberan de manera ininterrumpible, golpean mi cráneo y me hacen doler los tímpanos. De repente soy el centro de algo, sin duda desconocido. No quiero darme cuenta pero instantáneamente empiezo a caer, forme una especie de agujero negro alrededor mío, aun así sigo arrastrando mi condición de partícula indefinible. La espiral crece, se expande hasta el infinito del vacío, descendente, y yo como el centro de la nada.
“Era la hora en la que hace ya mucho tiempo, me sentía contento”. Albert Camus.
Un paso atrás de otro, de a uno a la vez, avanzo, apurado . Algo me impacienta, no oigo nada hasta que de repente empiezan a turbarse mis oídos. El ruido de mis pasos, mis botas golpeando contra el cemento de la vereda, se amplifica progresivamente, retumba en mi cabeza de manera exponencial. Mi vista se nubla, me cuesta respirar, y sigo avanzando. El golpeteo no cesa y como si esto fuera poco, empiezo a escuchar los latidos de mi corazón, a un ritmo cada vez mas acelerado y mi tórax se agranda, asi como una caja de resonancia que cada vez amplifica mas y dtom! Dtom! Mis pasos descomprimidos, desconcertados. La vista retorna y lo que veo a continuación parece ser una sucesión delirante en fast – forward de imágenes incoherentes. Me mareo, tambaleo, trastabillo, pero logro equilibrarme. A esta altura ya no quiero saber más nada. Espero que algo me embista y relegue me de esta marcha de una vez por todas. El retumbe no cesa, pero inexplicablemente sigo. Algo me impide frenar. Tengo una extraña sensación, como si seguir caminando fuese un impulso de deseo sexual desenfrenado, nunca antes había experimentado algo como esto. Perdido en el espacio tiempo, desorientado, totalmente. Mis sentidos, tan exacerbados, que se confunden, se mezclan y no puedo asociarlos a mis órganos respectivos. Siento que todas las sensaciones recorren mi cuerpo entero en la forma de una ameba heterogénea que viaja junta y actúa sobre mi psiquis, proporcionando la más aguda de las paranoias. El tiempo se frena. El entorno reposa inanimado. El cuerpo se tranquiliza. Los ruidos cesan. Me invade una extraña sensación de omnipotencia, también física, como si estuviese inflándome. Algo estalla dentro de mi, una implosión sorda, como si hubiese sido absorbida por el total de mis tejidos…
