martes, 7 de junio de 2011

En Pampa y la via.

Se sentaba Alfredo todos los días, en su silla, en la vereda. Todas las tardes sentado en su silla contigua a la calle. Una calle díficil de encontrar. Puertas afuera de aquel reducto, su casa, sobre la calle Pampa; donde la vereda deja de alzarse por sobre el nivel del asfalto y empieza a esconderse por debajo de este. Sobre la calle Pampa, a unas pocas cuadras de la vía, vecino de aquel lugar que todos conocemos pero -me atrevo a decir- pocos han visitado: «Pampa y la vía». Y la cosa consistía en esperar, era mas o menos eso. Alfredo esperaba, y mientras tanto trataba laboriosamente de remover el óxido añejo, impregnado en larguísimas series de piezas pertenecientes a quien sabe cuales maquinarias.

Atravesando un pasillo, así se adentraba uno al hogar de Alfredo, sobre la calle Pampa. El pasillo era largo (supongo que ahora lo será mas todavía) y conquistarlo era casi una aventura: Se encontraba este, atisborrado de chatarra oxidada, apilada y desorganizada, tal es asi que parecía ser todo una misma masa homogénea. Pasar, para por fin y de una vez, cuando la asfixia se hiciese incombatible, desembocar en un pulmón no menos mugriento, pero definitivamente, todavía, mas vivible. En dos cuartos chiquitos y una mas que restringida cocina, vivían Alfredo y su hermano, del cual, por circunstancias del azar, debía Alfredo, hacerse cargo.

El seño fruncido de Alfredo era mas bien, una eterna mueca de angustia, ya «petrificada», que hacía igual, y contra toda adversidad, un enorme esfuerzo por no desaparecer ¿Que sería de una cara sin su gesto?¿Que sería de un hombre sin su cara?¿Que serían las manos de Alfredo sin su rostro, sin su mueca? Por que después de todo, era aquella la que las acompañaba incondicionalmente, contra viento y marea, o para ser mas preciso contra humedad y miseria. Las manos: robóticas, hastiadas aunque todavía persistentes, casí autómatas. Había en esta relación, algún dejo de humanidad, alguna esperanza romántica. Algo que, entre líneas, dejaba leer una prueba de vida. Y vivir era así para Alfredo: Esperar. Y tratar de encontrar algún destello entre la chatarra vieja, removiendo el óxido, insistiendo en volver darle vida a un conjunto de cosas que ya la habían dejado ir hacía rato. Alfredo se sentaba, esperaba, ordenaba las piezas sobre el cesped crecido, y buscaba brillo. No se daba por vencido, pero el túnel era largo y estaba lleno.

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