martes, 21 de junio de 2011

Día de la bandera.

Llegué, até mi bicleta en un lugar especialmente instalado para aquello, qué alegría. Levanté la cabeza y descubrí una porción de aquel espacio que nunca antes había notado, que alegría. En mi bolsillo busqué mi pipa y después la bolsa de tabaco recién abierta con la que cargué el artefacto, saqué el mini bic y empezé a fumar. y si, qué alegría. La noche estaba agradable, yo por las dudas seguía abrigado. Era una de esas noches rojas, si rojas, pero mas allá de que el color del cielo fuese -valga la redundancia- rojo, yo la sentía roja. Bue, en fin, mientras me acercaba a destino como otro transeúnte mas, en esta prematura noche roja invernal, pude ir viendo como la gente se iba amontonando mas adelante. Eso nunca es buena señal, digo, que la gente se amontone, bueno a veces si es bueno, pero esta no era la ocasión durante la cual la gente se amontona con algún fin colectivo, sino mas bien, el caso era que habían cerrado las puertas y todos los colgados que habíamos llegado tarde nos habíamos quedado afuera. Y queríamos entrar, por eso digo que haber visto desde lejos el amontonamiento me había resultado una «mala señal». Me moví de una puerta a la otra un par de veces. Intenté entrar por una, no pude, traté por la otra, tampoco pude, imaginé como haría para trepar por la pared y me pregunté por que nadie lo hacía. Volví a la primera sin éxito y en el interin me crucé con algunos personajes pintorescos, entre ellos mi compañero de clases que anda por todos lados descalzo. Fue interesante por que pude corroborar que no era una cuestión personal hacia la facultad ni hacia los compañeros, sino que era algo totalmente singular, todavía no me animo a preguntarle la razón o la finalidad de dicha conducta. Y acá podemos hacer una elipsis (no demasiado extensa, tampoco).
Me encuentro entre una masa humana, situación que francamente, no esperaba ¿Tanta gente iba a ver a Adanowsky? Parece que si. Bueno, no se puede entrar, es un hecho ¿Ahora que? hay una valla y tres tipos con chalecos naranja detrás de ella, uno de los tipos (parecería ser el mandamas) se muestra un poquito exitado y altanero. Hay gente que sale y parece no poder creer la cantidad de nosotros, los que esperan afuera. Algunos, según creo ver, hasta se sacan fotos con nosotros de fondo. Los patovicas inamovibles. Salen un par de tipos que parecen haber tocado, creo que uno era el que tocaba en turf hace un tiempo. En una de esas pasa lo esperado: empujada colectivaaa y abaaajo la valla. Los tres gordos de adelante se dan el gusto y revolean un par de ñapis, insultos, amenazas y forcejeos. Algún que otro dichoso logra inmiscuirse, ver el show y volver a casa contento para contarle a alguien lo bueno que estuvo su dia de la bandera. Otro, con peor suerte, liga un par de bifes y se come la bronca entera, por los golpes y por que el patovica ya lo fichó, y si antes del suceso era difícil la entrada, ahora (por lo menos para él) iba a ser imposible. Obviamente hay un antes y un después de la primera avalancha. A partir de acá es común empezar a escuchar algunos clásicos del reclamo y la provocación anónima: el tema de que no somos ganado, los insultos infundamentados contra algún gobernante, agresiones y provocaciones contra la gente de seguridad, etc. Igualmente creo que todas estas cosas, lejos de ser elementos con la capacidad de angustiarnos, ya son parte del folclore, y al fin y al cabo terminamos divirtiendonos, diciendo y escuchando pelotudeces. El patovica malo también se entretiene: hace caras, mira sobrador, se acerca a la valla amenazante, responde a algún insulto enunciando algo no menos estúpido,etc. Llego a la primera fila contra la valla, esto me da la posibilidad de observar con mayor detenimiento la escena, mas aún a los seguridad. Como ya comenté, son tres tipos que, con la ayuda de una porquería metalica que casi no se mantiene en pie por si misma, representan lo impenetrable de la entrada. Tres tipos. Ni mas ni menos, para impedir el paso de docenas de pibes. Por un momento se me pasa por la cabeza gritar algo así como: dale vamos, empujemos todos ¿No se dan cuenta que son tres contra mil? Creo que hubiese dado resultado, pero no me encontraría cómodo en la labor de agitador. Además, este es el momento en que lamentablemente me pongo un poco statu quoista: Si están esos tipos ahí, no es para que los pasemos por arriba, a joderse por quedarse boludeando y llegar a último momento. Me canso, me doy vuelta y emprendo mi retirada. Me quedo pensando en lo buenos y lo mansos que somos, por mas que nos queramos hacer los quilomberos, somos unos pichis. Que débiles, que poco efusivos. Las ganas de 60 pibes no pueden contra tres salames grandotes y un poco de cocaína. Vuelvo sobre mis pasos, bordeando una galería, que se extiende por debajo del lugar al cual no pude llegar. Alguna gente ya resignada intenta ver algo desde abajo. Me asomo bastante escéptico. No se ve un carajo ni la pantalla. Otros seiguen llendo y viniendo, yo encaro para donde la bicicleta. En eso empieza a sonar algo, conocido, pero definitivamente no era lo que yo venía a ver. Me desconcierta. Y ahí nomás escucho: chico daandyy. ¡Con razón! Toda esta gente no venía a ver a Jodorowsky. ¡Grupo de farsantes de la espuma social, invitaaame a pasaaar! No gracias, ¡Chau! Paso por la primer puerta, la gente sigue ahí intentando algo sin demasiado futuro, vuelvo a ver al hombre descalzo, creo que me mira, no me importa. Mi bici todavía está ahi, que alegría. Mi pipa todavía está ahí, y el tabaco también, que alegría.

viernes, 17 de junio de 2011

Somos...
fieles náufragos
transeúntes
en una ciudad gris (melange)
Somos...
proyecciones ajenas
varadas entre silencios infinitos
Somos...
ficciones humanas
ahogándonos de a poco
entre las aguas playas
de un estrecho cauce
en el valle de la intrascendencia.
Somos...
partes de un «algo» disléxico
que se nos ha dado
por jugar
a descifrar.
Somos...
como el ruído de la lluvia
en la finca de los locos,
o como la sombra de dos estrellas
sobre la noche eterna
Somos
uno, somos
dos
o
tres
o mas
o no somos nadie.
Somos parodias
actores o
autores o
no...
Somos plagiadores
que queremos ser,
por que no sabemos
que ya somos.
Queremos hacer,
para mostrar que somos.

Y pensar...
que los ataúdes
recrean la forma
simplificada
de
un cuerpo
Humano.

martes, 7 de junio de 2011

En Pampa y la via.

Se sentaba Alfredo todos los días, en su silla, en la vereda. Todas las tardes sentado en su silla contigua a la calle. Una calle díficil de encontrar. Puertas afuera de aquel reducto, su casa, sobre la calle Pampa; donde la vereda deja de alzarse por sobre el nivel del asfalto y empieza a esconderse por debajo de este. Sobre la calle Pampa, a unas pocas cuadras de la vía, vecino de aquel lugar que todos conocemos pero -me atrevo a decir- pocos han visitado: «Pampa y la vía». Y la cosa consistía en esperar, era mas o menos eso. Alfredo esperaba, y mientras tanto trataba laboriosamente de remover el óxido añejo, impregnado en larguísimas series de piezas pertenecientes a quien sabe cuales maquinarias.

Atravesando un pasillo, así se adentraba uno al hogar de Alfredo, sobre la calle Pampa. El pasillo era largo (supongo que ahora lo será mas todavía) y conquistarlo era casi una aventura: Se encontraba este, atisborrado de chatarra oxidada, apilada y desorganizada, tal es asi que parecía ser todo una misma masa homogénea. Pasar, para por fin y de una vez, cuando la asfixia se hiciese incombatible, desembocar en un pulmón no menos mugriento, pero definitivamente, todavía, mas vivible. En dos cuartos chiquitos y una mas que restringida cocina, vivían Alfredo y su hermano, del cual, por circunstancias del azar, debía Alfredo, hacerse cargo.

El seño fruncido de Alfredo era mas bien, una eterna mueca de angustia, ya «petrificada», que hacía igual, y contra toda adversidad, un enorme esfuerzo por no desaparecer ¿Que sería de una cara sin su gesto?¿Que sería de un hombre sin su cara?¿Que serían las manos de Alfredo sin su rostro, sin su mueca? Por que después de todo, era aquella la que las acompañaba incondicionalmente, contra viento y marea, o para ser mas preciso contra humedad y miseria. Las manos: robóticas, hastiadas aunque todavía persistentes, casí autómatas. Había en esta relación, algún dejo de humanidad, alguna esperanza romántica. Algo que, entre líneas, dejaba leer una prueba de vida. Y vivir era así para Alfredo: Esperar. Y tratar de encontrar algún destello entre la chatarra vieja, removiendo el óxido, insistiendo en volver darle vida a un conjunto de cosas que ya la habían dejado ir hacía rato. Alfredo se sentaba, esperaba, ordenaba las piezas sobre el cesped crecido, y buscaba brillo. No se daba por vencido, pero el túnel era largo y estaba lleno.

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