lunes, 6 de agosto de 2012

HIPSTER


Lo que era, era pretensioso, y esa sentencia lo condenaba de por vida, o al menos hasta asumir su condición, lo que probablemente le llevaría algún tiempo mas. 

Había salido de rendir, con un sabor amargo, porque a pesar de haberlo hecho bien, no había sabido desarrollar todo lo que había preparado. En fin, llovía, en formas muy finitas aunque no por eso poco densas, el viento húmedo le quitaba a uno el coraje de volver a casa en bicicleta, así que después de dejarla en la planta baja de una casa amiga, fui por un kebab antes de volver al centro.

San Telmo es lindo cuando llueve. La humedad lo despoja y desatura cualquier artificialidad, me muestra sus fachadas y empedrados de una manera que entiendo un poco mas auténtica. La atmósfera densa me acompaña las dos cuadras que tengo que caminar.

Entro al boliche e instantaneamente empiezo a escuchar esa voz insoportable, en tono desagradablemente afectado y con una dialéctica rebuscada y no menos pretenciosa, y pienso para mis adentros: uf, otro mas al que le gusta embadurnar sus frases para disimular que habla sin saber absolutamente nada sobre lo que dice! Y así transcurre mi almuerzo, de frente a una pared, apoyado sobre una tabla en la cual apenas cabe mi plato de papas fritas, y con la voz mezquina de este estúpido tratando de impresionar a una neo hipita que lo escucha a su lado. Mientras como, pienso en Sofía, en contraste con el sujeto próximo a mi, ella, tan sensible, talentosa y humilde, el, un soquete total. Entre frases disléxicas logro atrapar una que me enfurece por sobremanera: La FUC es un criadero de “hipsters”. Y que es un hipster mas que alguien pretencioso con una conexión a internet y suscripto a los blogs que le dicen que hacer, que escuchar, que usar y hasta como hablar? Y pienso, por que hablas de hipster con una connotación negativa, si en definitiva es lo que vos mismo sos? O acaso no vas también vos a la FUC? O acaso necesitas usar esos anteojos cuadrados de marco ancho con 0,5 de aumento mientras no estas leyendo nada? O acaso tu mochilita colorida y tus pantalones ajustados los usas porque fueron lo primero que encontraste en tu casa? O acaso hablas como si fueras un intelectual palurdo porque no te sale hacerlo de otra manera? O acaso filosofas sobre aspectos detestables  de otros porque estas bien parado, con una postura que te habilita a hacerlo? O porque en el fondo sabes que desprecias profundamente lo que sos y no podes exorcisarlo de otra manera un poco mas noble que transpolarlo a la figura del otro? Habría leído tal vez "Los subterraneos", o solo conocería el termino "hipster", a través de la interRED? Quizá, este personaje no estaba del todo contento con su look, un intento bastante berreta y mal logrado de parecerse a un hipster, o su ineptitud para crear algo lo obligaban a desmerecer a otros, o quien sabe...

En fin, salieron del lugar cuando todavía me quedaban unas papas fritas en el plato, las cuales unté con ketchup y devoré lo mas rápido que pude. Cuando salí lo encontré afuera fumando un cigarrillo, y la nube húmeda seguía ahí, así como el ego de este muchacho, amenazando con quedarse, como ese nauseabundo espíritu pretencioso. Prendí el cigarro que me había armado previamente y encaré para el centro, pensando en nosotros y en la figura del otro.

(No logro encontrar el signo de interrogación en mi teclado nuevo)

viernes, 3 de febrero de 2012

Los interines de dos amantes felices (entre tanto...)

él era un suicida.
y
ella
una sobreviviente.
lo único que lo aferraba,
era el roce
o
la fricción,
entre sus huellas
dactilares
y
su
tez.
eso era
lo que él
se repetía:
Soy un suicida,
y vos,
una sobreviviente.
Incesantemente.
y lo que le decía
al oído
en susurros
apenas audibles
cuando sus cuerpos,
se aproximaban lo
suficiente:

Soy
un
suicida
y vos...
una sobreviviente.
Mientras reposaban,
mientras hablaban
sin
mirarse
y se espiaban,
con sigilo
sus miradas,
él
la sorprendía
con sus ojos
perdidos en la lluvia
que volvía,
a través de la ventana
de aquel cuarto despojado.
ella
siempre lo entendió
aunque no pudiese salvarlo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Una memoria entrecortada

El helar del piso del baño
reconfortante,
alivio
salvador
rescate,
por fin,
De helicópteros
basta.
La humedad,
El eco sordo,
o como se lo acordaba,
el hedor ácido
de lo que flotaba en el inodoro,
consecuencia quizá
del malestar provocado
por el cóctel:
Perfume dulce
mas
aliento etílico
mas
ojos entreabiertos
mirándolo desorientados
mas
sudor condimentado
con sabor a
ausencia
mas
desnudez ajena al tacto
mas
sexo sin imágenes
mas
distanciamiento próximo
mas
una memoria entrecortada
del sonido de sus
zapatos tropezar
y una risa insoportable
mas
los besos mas secos
y pestilentes
del mundo
mas
el deseo inalcanzable
mas
rechazo por lo contiguo
mas
pena por si mismo
mas
pena por quien reposaba
a su lado
mas
desesperación por lo cíclico
del asunto
mas
la inevitabilidad
de volver a despertar
reventado y
tener que volver a reventar
en el momento de abrir
la puerta de calle
y elucubrar las coordialidades
mas mentirosas,
mutuas,
lo único
mutuo.



martes, 16 de agosto de 2011

54 días para navidad

- ¿Qué onda?

Le preguntó después de que él hubiese hecho un comentario sobre una de sus fotos. Y conociendo de antemano la real intención de ésta «increpación» no menos abstracta que sugestiva, intentó decodificar una respuesta. Poco sugestiva, algo ingenua y no menos abstracta:

- La mejor... Y no pudo rehusarse a jugar el juego, y preguntó:
- ¿Qué onda con qué?

- ¿Qué onda con vos? Te vi una sola vez en la calle y no te vi mas...

No hacía poco rato que la situación lo había puesto incómodo. Mas bien se sentía incómodo desde que el intercambio de mensajes había empezado. Hubo desde ese entonces algo que lo entristecía, algo que lo decepcionaba; ese mismo lugar en el que se cuestionaban sus «ideas ideales» y terminaba por activar en él la génesis de una bronca, era donde se habia alojado la leve molestia que, obviamente por aquel momento ignoraba, iba a desatar mas adelante, la metástasis de su cáncer existencial. Seguir intercambiando mensajes, hubiese supuesto seguir confirmando por dónde venía el asunto. Ya lo sospechaba desde el principio, lo afianzaba ahora y aunque la confirmación era inminente, no tenía ningún interés en alimentar el ego de su «yo premonisor». Definitivamente se había arrepentido de no haber podido contenerse, de no haber podido controlar su narcisismo, el cual demandaba regularmente los cumplidos, elogios, o cualquier tipo de proposición relacionada con su apariencia física o su labor intelectual, de las cuales en realidad no era artifice, sino mas bien una especie de heredero. Casi como si se tratara de un proceso químico o biológico: él necesitaba que terceros, sea quien fuere, alimentasen de aquella manera su ego. Eso era lo que lo destruía, lo que lo carcomía por dentro, su contradicción, esa era Su Contradicción. Y acá es cuando se arrepentía, después de pensar unos minutos se daba cuenta, se retractaba y definitivamente se arrepentía de haberle dicho que sí al juego de la seducción frívola. Se demora, pero finalmente responde:

- No quiero ser mala onda pero... ¿?

Y en vez de cortar en seco, vuelve a meter la pata. (¿?). ¿Con que necesidad alimenta el diálogo, de esta manera con la cual pretende parecer desinteresado (lo que probablemente logra)? La lucha contra la contradicción no parece ser algo que le resulte fácil resolver, mucho menos de un instante a otro, mucho menos durante una conversación en la cual no se expone cara a cara con su interlocutora. Y ella responde:

-¡Onda que te cojo en un callejón, o donde te encuentre!

Y súbitamente, es abrazado por el alivio, no por corroborar explícitamente lo que venía pronosticando desde el principio, no por haber sumado ese granito de arena a la duna de su ego, por que su ego y su narciso eran eso: una duna. Se construía de a granos que llegaban de vientos que soplaban otros, se erigía inmenso por sobre un desierto de otras dunas, pero así de efimero era, que cuando el mismo viento que lo había construído, decidía lo contrario, se desmoronaba y tenía que volver a empezar, a construirse casi desde cero con la ayuda, y a merced del mismo viento que lo había desperdigado. Se sintió alividado, por que por un instante volvió a creer en un sentido de coherencia en el accionar de las personas: Le pareció auténtica la respuesta, le pareció que correspondía, que se correspondía con alguien que «encara» de esa forma, a un ser del cual no posee damasiado, por no decir nigún conocimiento: A un total desconocido. Quizá por ésto fue que continuó preguntando, aún cuando casi instantaneamente se arrepentía, quizá estaba en busca de esto, algo concreto y directo, quizá desde un principio le había molestado la manifestación abstracta e indirecta con la que ella había decidido darle comienzo a un «acercamiento» del cual él ya conocía de antemano su objetivo: Sexo, impersonal y frívolo.
Ante la demora en su respuesta, ella se anticipó y descontracturó un poco:

- Igual, no te asustes, yo soy así de impulsiva, acordate de cuando te frené en la calle, respondo a mi calentura. Me gusta tu onda, es eso...

A lo que él atinó a responder una serie de construcciones evasivas, poco comprometidas y «buena onda», las cuales pretendían justificar de una manera bastante estúpida y falsa, la negativa hacia la propuesta que se le había insinuado. Evasivas patéticas y confusas que cerraban con un penoso, aunque muy común por éstos tiempos:

- Buenísimo, todo bien entonces.

Se quedo pensando en dos palabras muy puntuales, tan puntuales como esas palabras que no se remiten solamente a su significado, sino que mas bien alojan micromundos, o mejor dicho submundos, escondidos en el cosmos de la linguística. Dos palabras: Calentura y «Onda». Haciéndose una pregunta «infanto-irónica» piensa: ¿Que tendrá que ver algo caliente con algo sinuoso? Y muy rapidamente elaboró una respuesta, no menos imbécil: «Las dos responden a un fenómeno físico». Y casi instantaneamente, se dió cuenta de que el parentesco entre éstos dos términos, no estaba delimitado exclusivamente por las barreras de la física, sino que se encontraban muchísimo mas entrecruzadas en el correr de la cotidianeidad en la cual se veía inmerso gracias a la dictadura de la época en la que le había tocado vivir.
Onda... se preguntó... qué significa la onda de uno, y cómo podía alguien que lo había visto una vez en la vida (tal como su interlocutora hubiere afirmado), gustar de su onda. Quizá por haber visto sus fotos, o sus comentarios, o lo que sus cuatro fotos de perfil mostraban de su apariencia. Pero... ¿No era eso una visión totalmente parcializada?¿No era posible, que todo ese contenido pudiese ser fácilmente manipulable y almoldable falsamente para mostrar cualquier cosa menos la realidad o lo escencial de una pesona?¿Era posible que las personas pudiesen desear a otras, interpretando un puñadito de información colgado de una red social en internet? Por un momento se sintió medio naif y un poquito pelotudo, se sintió un gil en el momento en que pensó con mayor frialdad, y se dió cuenta de que hacía ya casi medio siglo, si no es que una eternidad, que un deseo sexual podía ser provocado nada mas que por medio de una imágen, y que además, las intenciones de la chica no eran mucho mas que un garche rápidito y consistente, lo que tampoco para él significaba gran cosa. Se sintió también un tanto hipócrita al darse cuenta de que inconscientemente se había autoproclamado como una especie de «purista romántico» negado a cualquier clase de costumbre mundana, libertina o libidinosa, cuando ni siquiera cerca estaba de recordar la cantidad de ocasiones en las que se había vuelto de fiestas, a acostarse borracho con compañeras que no podía soportar encontrar a su lado al despertarse. De cualquier manera, había alguna cuestión que seguía atormentándolo, porque siguió pensando, volvió un poco atrás, y se dió cuenta de que éste «impulso» al cual se refería la chica, no parecía haber sido provocado por una imágen, o alguna cuestión un tanto vívida, como puede ser algún encuentro nocturno, sino que parecía encontrar su despertar en un enriendo muchísimo mas complejo y preocupante, un enriedo psicólogico que para él empezaba a dibujar lo que sería el retrato mas grotesco de la época de la imágen y la frivolidad extrema: La despersonalización, por medio de la construcción de un perfil de persona, basado en la interpretación aleatoria de datos y referencias, casi en su totalidad virtuales. Por que no era que había habido uno de esos tipicos contactos via internet por los cuales se habla, se intercambia algo, se sale, se toma algo, se coje y chau.definitivamente no, esta chica estaba comprando algo, convencida, estaba creyendo en algo, engañada por relacionar cuestiones de una manera viciada por la virtualidad, respondiendo a un mecanismo muchísimo mas peligroso, por medio del cual lo frívolo no solo entra por los ojos, sino que comienza a ser un modo de pensar y de desenvolverse, una especie de parásito o mejor dicho simbionte que con el tiempo se podría llegar a hacer imposible de extirpar; lo frívolo disfrazado de profundo, construído con cimientos sobre un nefasto eslogan: «Me gusta tu onda». Y para peor: «Me gusta tu onda, vamos a cojer».

Todavía no había luz suficiente para apagar el velador. Amanecía y casi inevitablemente volvía a arrancar otra semana. Hacía unas horas había leído un aviso que llegó a darle escalofríos: «54 días para navidad». Y así se escapaba otro año mas, con moño y todo, y como tratando de dividir lo indivisible pensó: «54 días para navidad». Todavía no había luz suficiente en la habitación, los sonidos del despertar de una ciudad se arrimaban tímidos, todavía no era fin de año, aunque marzo ya resultaba inmemorable, empezaba la semana, y empezaba a terminar el año, y él sentía que todavía no sabía nada.

Al salir al balcón , notó que el frío de su habitación era pura subjetividad. Se pegó una ducha y se vistió apurado, estaba tarde como siempre. Su hermana le preparo un sandwich, que devoró de paradado, a las corridas, empujándolo a través de su esófago con la ayuda de un vaso de agua fría. Así atravesó la puerta del departamento de calle España, apurado, retrasado, semi-dormido: Como siempre. Caminó hasta el estudio, como todos sus «lunes a viernes», durante una de esas horas del día en que cualquier ciudad del mundo podría ser cualquier otra ciudad del mundo. Caminar le marcaba cierto ritmo, el ritmo de sus pasos, un ritmo y una constancia que se le hacía muy díficil de sostener en su vida en general, por eso se activaba y pensaba, pensaba mucho mientras caminaba, casi como por acción espontánea se le venían a la cabeza melodías, marcadas por el tempo de sus pasos, letras al azar que se armaban en palabras y obligatoriamente después en frases. «Cuan poco duran algunas cosas y cuanto espera uno por ellas». La caminata se alargó un poco mas de lo normal: El calor y la humedad retardan su paso. Todavía no era Noviembre y ya sentía que se empapaba en sudor, todavía no era Noviembre y veía como las personas que caminaban como él, ya habían desenfundado las ojotas, todavía no era Noviembre, aunque ya había pasado julio: ¡Qué poco duraba la primavera en Rosario!

martes, 21 de junio de 2011

Día de la bandera.

Llegué, até mi bicleta en un lugar especialmente instalado para aquello, qué alegría. Levanté la cabeza y descubrí una porción de aquel espacio que nunca antes había notado, que alegría. En mi bolsillo busqué mi pipa y después la bolsa de tabaco recién abierta con la que cargué el artefacto, saqué el mini bic y empezé a fumar. y si, qué alegría. La noche estaba agradable, yo por las dudas seguía abrigado. Era una de esas noches rojas, si rojas, pero mas allá de que el color del cielo fuese -valga la redundancia- rojo, yo la sentía roja. Bue, en fin, mientras me acercaba a destino como otro transeúnte mas, en esta prematura noche roja invernal, pude ir viendo como la gente se iba amontonando mas adelante. Eso nunca es buena señal, digo, que la gente se amontone, bueno a veces si es bueno, pero esta no era la ocasión durante la cual la gente se amontona con algún fin colectivo, sino mas bien, el caso era que habían cerrado las puertas y todos los colgados que habíamos llegado tarde nos habíamos quedado afuera. Y queríamos entrar, por eso digo que haber visto desde lejos el amontonamiento me había resultado una «mala señal». Me moví de una puerta a la otra un par de veces. Intenté entrar por una, no pude, traté por la otra, tampoco pude, imaginé como haría para trepar por la pared y me pregunté por que nadie lo hacía. Volví a la primera sin éxito y en el interin me crucé con algunos personajes pintorescos, entre ellos mi compañero de clases que anda por todos lados descalzo. Fue interesante por que pude corroborar que no era una cuestión personal hacia la facultad ni hacia los compañeros, sino que era algo totalmente singular, todavía no me animo a preguntarle la razón o la finalidad de dicha conducta. Y acá podemos hacer una elipsis (no demasiado extensa, tampoco).
Me encuentro entre una masa humana, situación que francamente, no esperaba ¿Tanta gente iba a ver a Adanowsky? Parece que si. Bueno, no se puede entrar, es un hecho ¿Ahora que? hay una valla y tres tipos con chalecos naranja detrás de ella, uno de los tipos (parecería ser el mandamas) se muestra un poquito exitado y altanero. Hay gente que sale y parece no poder creer la cantidad de nosotros, los que esperan afuera. Algunos, según creo ver, hasta se sacan fotos con nosotros de fondo. Los patovicas inamovibles. Salen un par de tipos que parecen haber tocado, creo que uno era el que tocaba en turf hace un tiempo. En una de esas pasa lo esperado: empujada colectivaaa y abaaajo la valla. Los tres gordos de adelante se dan el gusto y revolean un par de ñapis, insultos, amenazas y forcejeos. Algún que otro dichoso logra inmiscuirse, ver el show y volver a casa contento para contarle a alguien lo bueno que estuvo su dia de la bandera. Otro, con peor suerte, liga un par de bifes y se come la bronca entera, por los golpes y por que el patovica ya lo fichó, y si antes del suceso era difícil la entrada, ahora (por lo menos para él) iba a ser imposible. Obviamente hay un antes y un después de la primera avalancha. A partir de acá es común empezar a escuchar algunos clásicos del reclamo y la provocación anónima: el tema de que no somos ganado, los insultos infundamentados contra algún gobernante, agresiones y provocaciones contra la gente de seguridad, etc. Igualmente creo que todas estas cosas, lejos de ser elementos con la capacidad de angustiarnos, ya son parte del folclore, y al fin y al cabo terminamos divirtiendonos, diciendo y escuchando pelotudeces. El patovica malo también se entretiene: hace caras, mira sobrador, se acerca a la valla amenazante, responde a algún insulto enunciando algo no menos estúpido,etc. Llego a la primera fila contra la valla, esto me da la posibilidad de observar con mayor detenimiento la escena, mas aún a los seguridad. Como ya comenté, son tres tipos que, con la ayuda de una porquería metalica que casi no se mantiene en pie por si misma, representan lo impenetrable de la entrada. Tres tipos. Ni mas ni menos, para impedir el paso de docenas de pibes. Por un momento se me pasa por la cabeza gritar algo así como: dale vamos, empujemos todos ¿No se dan cuenta que son tres contra mil? Creo que hubiese dado resultado, pero no me encontraría cómodo en la labor de agitador. Además, este es el momento en que lamentablemente me pongo un poco statu quoista: Si están esos tipos ahí, no es para que los pasemos por arriba, a joderse por quedarse boludeando y llegar a último momento. Me canso, me doy vuelta y emprendo mi retirada. Me quedo pensando en lo buenos y lo mansos que somos, por mas que nos queramos hacer los quilomberos, somos unos pichis. Que débiles, que poco efusivos. Las ganas de 60 pibes no pueden contra tres salames grandotes y un poco de cocaína. Vuelvo sobre mis pasos, bordeando una galería, que se extiende por debajo del lugar al cual no pude llegar. Alguna gente ya resignada intenta ver algo desde abajo. Me asomo bastante escéptico. No se ve un carajo ni la pantalla. Otros seiguen llendo y viniendo, yo encaro para donde la bicicleta. En eso empieza a sonar algo, conocido, pero definitivamente no era lo que yo venía a ver. Me desconcierta. Y ahí nomás escucho: chico daandyy. ¡Con razón! Toda esta gente no venía a ver a Jodorowsky. ¡Grupo de farsantes de la espuma social, invitaaame a pasaaar! No gracias, ¡Chau! Paso por la primer puerta, la gente sigue ahí intentando algo sin demasiado futuro, vuelvo a ver al hombre descalzo, creo que me mira, no me importa. Mi bici todavía está ahi, que alegría. Mi pipa todavía está ahí, y el tabaco también, que alegría.

viernes, 17 de junio de 2011

Somos...
fieles náufragos
transeúntes
en una ciudad gris (melange)
Somos...
proyecciones ajenas
varadas entre silencios infinitos
Somos...
ficciones humanas
ahogándonos de a poco
entre las aguas playas
de un estrecho cauce
en el valle de la intrascendencia.
Somos...
partes de un «algo» disléxico
que se nos ha dado
por jugar
a descifrar.
Somos...
como el ruído de la lluvia
en la finca de los locos,
o como la sombra de dos estrellas
sobre la noche eterna
Somos
uno, somos
dos
o
tres
o mas
o no somos nadie.
Somos parodias
actores o
autores o
no...
Somos plagiadores
que queremos ser,
por que no sabemos
que ya somos.
Queremos hacer,
para mostrar que somos.

Y pensar...
que los ataúdes
recrean la forma
simplificada
de
un cuerpo
Humano.

martes, 7 de junio de 2011

En Pampa y la via.

Se sentaba Alfredo todos los días, en su silla, en la vereda. Todas las tardes sentado en su silla contigua a la calle. Una calle díficil de encontrar. Puertas afuera de aquel reducto, su casa, sobre la calle Pampa; donde la vereda deja de alzarse por sobre el nivel del asfalto y empieza a esconderse por debajo de este. Sobre la calle Pampa, a unas pocas cuadras de la vía, vecino de aquel lugar que todos conocemos pero -me atrevo a decir- pocos han visitado: «Pampa y la vía». Y la cosa consistía en esperar, era mas o menos eso. Alfredo esperaba, y mientras tanto trataba laboriosamente de remover el óxido añejo, impregnado en larguísimas series de piezas pertenecientes a quien sabe cuales maquinarias.

Atravesando un pasillo, así se adentraba uno al hogar de Alfredo, sobre la calle Pampa. El pasillo era largo (supongo que ahora lo será mas todavía) y conquistarlo era casi una aventura: Se encontraba este, atisborrado de chatarra oxidada, apilada y desorganizada, tal es asi que parecía ser todo una misma masa homogénea. Pasar, para por fin y de una vez, cuando la asfixia se hiciese incombatible, desembocar en un pulmón no menos mugriento, pero definitivamente, todavía, mas vivible. En dos cuartos chiquitos y una mas que restringida cocina, vivían Alfredo y su hermano, del cual, por circunstancias del azar, debía Alfredo, hacerse cargo.

El seño fruncido de Alfredo era mas bien, una eterna mueca de angustia, ya «petrificada», que hacía igual, y contra toda adversidad, un enorme esfuerzo por no desaparecer ¿Que sería de una cara sin su gesto?¿Que sería de un hombre sin su cara?¿Que serían las manos de Alfredo sin su rostro, sin su mueca? Por que después de todo, era aquella la que las acompañaba incondicionalmente, contra viento y marea, o para ser mas preciso contra humedad y miseria. Las manos: robóticas, hastiadas aunque todavía persistentes, casí autómatas. Había en esta relación, algún dejo de humanidad, alguna esperanza romántica. Algo que, entre líneas, dejaba leer una prueba de vida. Y vivir era así para Alfredo: Esperar. Y tratar de encontrar algún destello entre la chatarra vieja, removiendo el óxido, insistiendo en volver darle vida a un conjunto de cosas que ya la habían dejado ir hacía rato. Alfredo se sentaba, esperaba, ordenaba las piezas sobre el cesped crecido, y buscaba brillo. No se daba por vencido, pero el túnel era largo y estaba lleno.

domingo, 13 de marzo de 2011

Una noche en contramano.

Ella se llamaba Victoria. Y él se llamaba Astor. Su viejo se llamaba Fidel, nos contó ella. Y si hubiese nacido varón, se hubiese llamado Fidel. Peró no, nació nena y no por nada había sido llamada Victoria. También estaban Rodrigo o el Barra y Chechu y Sofi y obviamente yo. Barra, era como él se llamaba a sí mismo, pero había sido llamado Rodrigo, él renegaba de aquello. Sofi caminaba muda, igual que yo, al lado mío y Chechu charlaba con Astor. Vicky y Barra estaban juntos desde hacía algún tiempo. Sofi y yo, un poco mas. Todos caminábamos en la misma dirección, aunque nos dirigiésemos a distintos lugares, caminábamos por calle Dorrego, a contramano de los autos, volvíamos, de algún lado. Chechu y Astor se tenían que volver juntos, aunque no lo sabían, los dos querían, pero no lo sabían, nosotros cuatro sí. Ideamos un plan para que asì fuese y sin pretender disimular, lo llevamos a cabo. Doblamos en 3 de febrero, aunque pudimos haber seguido. Los dejamos solos, a Chechu y a Astor.

Victoria era hija de Fidel, y Astor no sé, pero no por nada habìan sido llamados de aquella forma, y no por nada gustaban de sus nombres. A Sofía le gustaba su nombre, a mi el mío no. A barra tampoco le gustaba Rodrigo y por eso se lo cambió. Victoria era heredera, no de alguna cosa material, mas bien de ideas. Presiento que Astor tambièn. Yo al revés, por eso creo que no me gustaba mi nombre.

martes, 8 de marzo de 2011

Textos viejos.

El pasillo oscuro, como siempre. El cielo amenazante ¿Llueve? No. Se asoman estrellas, algunas prometen cosas en las que ya no creo. La puerta; reja, traslúcida. El frío petrifica la arquitectura, las calles, las veredas. Gris. Perspectivas derechas, duras, perfectas líneas, hacia arriba, el cielo abreviado. La iluminación de la plaza parece justa, escenográfica, mentirosa. Cruzo al mini y me topo con la empleada, esa que hace dos noches no me dejo entrar con mi bicicleta y lejos de sentir algo negativo, sentí familiaridad, agrado, quizá por la costumbre de haber sido atendido por la anterior, la gorda insufrible. Bueno no viene al caso, otra historia. Pago la botella de sprite que me pidió Hernan y emprendo la vuelta. No veo el cielo. Un colectivo vacio que dobla violento me hace pensar en las cosas carentes de contenido, esas que no tienen motivo de ser, tampoco adquieren sentido, pero siguen funcionando, una y otra vez, como el recorrido, siguen y siguen mecánicamente, por la inercia misma de existir, por la regla, lo establecido, lo normal devenido de la norma o lo correcto devenido de lo corregido o porque nada o nadie se tomo el trabajo de pararlo. Ordenes, orden natural impuesto o auto impuesto. No hay un alma en la calle, es miércoles, invierno húmedo en la ciudad, son las dos a.m. Me cago de frio y pienso que me tengo que volver pedaleando ¿Me quedo? No, todavía no puedo. Hernan no está tomando. Hernan arreglo el inodoro.

Paranoia.

Estoy sentado en la frontera… La de mi cabeza no entiende… Me confunden los ruidos, sonidos, voces, adversos, justo en el límite natural o forzado. Este punto de quiebre, es escape. Es este el lugar en donde termina el ruido y empieza la calma o, viceversa… Para un lado el misterio de un horizonte infinito, girando 180 grados una barrera, un muro construido. También me genera intriga… ¿Sera este homogéneo ordenamiento de elementos fiel reflejo de lo que albergan? ¿Sera entrar, pasar, una infinita repetición de algoritmos matemáticos que inevitablemente derivan en un mismo y único resultado?

La línea virtual se materializa repentinamente, ante mis ojos, mi bicicleta. La misma que alguna vez fuese comparada con un portaminas. Cambie de posición y ahora soy la frontera. Puedo decidir, lo sé todo y al mismo tiempo, soy ajeno a ese todo. Escucho todo, escucho al todo y a la vez no escucho nada, no escucho a la nada. Una parte de la línea siente el alivio del calor del sol y la otra se contrae por la brisa de invierno. A un lado pasa gente, de a uno o de a dos, una familia o una pareja, dos amigos o dos amigas, uno solo, jóvenes o viejos, algunos con perros, corriendo, caminando, a paso tranquilo, contemplativo o esquizofrénico, apurado, desentendido o despreocupado. Del otro lado, el curso sigue otro ritmo, las cosas flotan y llevan un rumbo mas seguro o más definido, las veo más pequeñas por ende ajenas, no las conozco y me da escalofríos.

Hoy ya es otro dia y amanecí a otra hora. Hace un tiempo que pasó el mediodía. Me encuentro perdido, no soy más una línea sino más bien un punto, indefinible, la cabeza de un alfiler en una metrópolis, no, más chico, infinitamente más chico. El paisaje se define a 360 grados. No hay horizontes, no hay límites pero parece haber barreras. Es contradictorio pensar que estoy en un parque, piso el piso y veo el cielo, y aun así se me hace difícil dejar de sentirme encerrado, las construcciones me aplastan, el entorno inhóspito. El vacio hace ecos que retumban y retumban, se reverberan de manera ininterrumpible, golpean mi cráneo y me hacen doler los tímpanos. De repente soy el centro de algo, sin duda desconocido. No quiero darme cuenta pero instantáneamente empiezo a caer, forme una especie de agujero negro alrededor mío, aun así sigo arrastrando mi condición de partícula indefinible. La espiral crece, se expande hasta el infinito del vacío, descendente, y yo como el centro de la nada.

“Era la hora en la que hace ya mucho tiempo, me sentía contento”. Albert Camus.

Un paso atrás de otro, de a uno a la vez, avanzo, apurado . Algo me impacienta, no oigo nada hasta que de repente empiezan a turbarse mis oídos. El ruido de mis pasos, mis botas golpeando contra el cemento de la vereda, se amplifica progresivamente, retumba en mi cabeza de manera exponencial. Mi vista se nubla, me cuesta respirar, y sigo avanzando. El golpeteo no cesa y como si esto fuera poco, empiezo a escuchar los latidos de mi corazón, a un ritmo cada vez mas acelerado y mi tórax se agranda, asi como una caja de resonancia que cada vez amplifica mas y dtom! Dtom! Mis pasos descomprimidos, desconcertados. La vista retorna y lo que veo a continuación parece ser una sucesión delirante en fast – forward de imágenes incoherentes. Me mareo, tambaleo, trastabillo, pero logro equilibrarme. A esta altura ya no quiero saber más nada. Espero que algo me embista y relegue me de esta marcha de una vez por todas. El retumbe no cesa, pero inexplicablemente sigo. Algo me impide frenar. Tengo una extraña sensación, como si seguir caminando fuese un impulso de deseo sexual desenfrenado, nunca antes había experimentado algo como esto. Perdido en el espacio tiempo, desorientado, totalmente. Mis sentidos, tan exacerbados, que se confunden, se mezclan y no puedo asociarlos a mis órganos respectivos. Siento que todas las sensaciones recorren mi cuerpo entero en la forma de una ameba heterogénea que viaja junta y actúa sobre mi psiquis, proporcionando la más aguda de las paranoias. El tiempo se frena. El entorno reposa inanimado. El cuerpo se tranquiliza. Los ruidos cesan. Me invade una extraña sensación de omnipotencia, también física, como si estuviese inflándome. Algo estalla dentro de mi, una implosión sorda, como si hubiese sido absorbida por el total de mis tejidos…

lunes, 20 de diciembre de 2010

La mañana de Pi.

El barrio de las putas es por las mañanas, la tierra de los perros vencidos. Los perros reposan y sus ojos cansados vacilan, entreabiertos. El suelo ataja pedazos del polietileno arrugados y mal cortados, que planearon al piso casi en simultáneo con la última esperanza de aquél: otro bastardo, hijo de la madre noche. Perros y bolsas: testigos del sueño de mañanas de miércoles, donde abren sus puertas talleres; depósitos y pequeñas fábricas, cuando te miran con desconfianza por no poder descifrar cuáles son las «reales» intenciones de tu deambular. Cuando en realidad no existen razones, para alguien, podes llegar a ser un espía de la CIA, o sin ir mas lejos, un botón de la AFIP, la cana o cualquier otro bicho indeseable que represente una potencial amenaza para el sostenimiento de sus actividades irregulares. El desconcierto, cuando violentamente y con el ceño retorcido, indagan:

- ¿Qué necesitas?

Y vos les respondés:

- Nada, estoy paseando.

Y te invade el odio, cuando pensás: ¿Cuál será la razón por la cual uno no puede caminar por la vereda de una cortada, sin que algún alma aburrida ponga en tela de juicio tus acciones o potenciales (asimismo ficticias) intenciones?
Hay cosas que están mal y se te enmaraña la cabeza cuando intentas dar forma a una posible explicación que ,al toque te das cuenta, sólo podría caber en el marco de tu acotadísimo mundito de construcciones estupidísimamente idealistas. No lo podés resolver, no lo podés conceptualizar como para escupirlo, de una, en forma de paquete vendible. No para que otros se lo compren. Pero sabés que definitivamente algo está mal.

- ¿Qué necesitas?
- ¿Qué vas a hacer?
- ¿Cuál es tu plan?
- ¿Que querés ser (por que todavía se ve que no SOS)?

- ¡Nada! Estoy paseando.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Feliz cumpleaños.

Esa frase que no puedo hilvanar...
Cuando me pedís que te escriba una canción...
Como el pulso de una vieja,
la aguja,
y el carretel de hilo...
No se encuentran...
Como un sordo que busca una melodía...
Imposible...
Es inútil intentarlo,
cuando la intensidad
del sentimiento
madruga varios inviernos
antes que el propio raciocinio...
por que para escribir,
hay que sentir,
pero también hay que pensar...
Y el pensamiento,
suele no poder contemplar
aquellos sentimientos tan puros
e intensos,
Por que la pureza no se puede
razonar,
y no hace falta explicarla (por que de cualquier modo, no se puede representar)
y para que exista,
no hace falta escribirla,
tan solo existe...
y existe... hoy... para mí,
gracias a vos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Oír los pasos de uno.

Oí hablar sobre la inmensidad. Él contaba su viaje, cómo de a poco y sin premeditación, había llegado a Tilcara. Habló de La Inmensidad y dijo: "En medio de la inmensidad de Tilcara, uno puede encontrarse, sentirse: Escuchar sus propios pasos".
Yo pensé: ¿Será por eso que uso zapatos con taco?¿Actuaran para mí, como artificio para escuchar el ruído de mis pasos, golpeando el piso del mediodía en la ciudad?¿Usaré zapatos con tacos, para forzar el encuentro con mi yo mas auténtico?¿Será posible encontrarlo.... si uno lo fuerza?

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Una noche

Las ciudades respiran,
y entre nos:
Mientras las almas descansan de ellas mismas,
descansan...
de a una o de a dos...
Se cansan y se abruman,
de a una o de a dos...
Dejan tranquila a la ciudad...

Las ciudades respiran,
entre insomnios y desalmadas almas plenas,
entre locos y linyeras,
entre perros y sus ojos,
entre nosotros dos despiertos,
pescadores,
la luna, el rio y nuestras bicicletas.

Una crónica de Valparaiso


Despertarse al mediodía. Cara de suicidio. 14 hs. Choripanes en el patio: a la órden de Pedro. La casa de Neruda: Un par de tomas interesantes, casi nada más. Lo irritante: el lugar transformado en un «No se puede... por decisión de la fundación etcétera... y demás etcéteras pelotudos».

...

La caminata por los cerros me reanimó. Volví a sentir. Me volví a olvidar de la derrota de lo sensible ante lo bruto. ...
Abrazaban los cerros, arquitecturas del enigma... Calles «Pseudo - olvido»: Los bárbaros se hubiesen horrorizado, hubiesen hablado de abandono y demas cualificaciones sin el menor grado de análisis. En Valparaiso, el paso del instante se impregna en la materia, dandole una silueta tangible a la cuarta dimensión: El tiempo.
Bajando por alguna callejuela, pegado al hostel «Caracol», encuentro un atelier. Charlo con Ariel. Ariel es pintor y VIVE en Valparaíso. Es un tipo de ahí. Ariel es un hombre en su lugar. Salgo por la misma puerta por la que entré y me alejo a paso de turista. Me freno en una especie de terraza o mirador y me siento sobre la varanda. Le doy un espacio a respirar y pienso en el hecho de que, para un hombre, estar en comunión con su entorno mas cercano, es un gran paso en el camino hacia la sanación de las angustias de la propia existencia.

...

Bajando, a cinco minutos: El opuesto. Cinco minutos: El umbral.

...

El barrilete de Fede se arrastra, remarcando su paso. El barrilete que acababa de comprar, ahora esta roto. Ya no puede volar, aunque sopla el viento. Se arrastra, aunque todavía sopla el viento.

«¡Señor, señor! ¿Es eso un volantin?»

«Nosotros le decimos barrilete»

El nene acomodó el cubo, y frunciendo el seño pasó a la siguiente.

«¿De dónde venís?»

«De Argentina»

«¡Yo quería conocer Argentina!»

«Bueno, te dejo que vayas a vivir a mi casa, y yo me quedo a vivir acá, en la tuya»

Perplejo, el pibe esbozó una sonrisa. Sus ojos la acompañaron. Por un instante, fue feliz. El nene vivió algo, que para él, resultó de lo mas insólito. Sintió como la intriga se abrazaba con la emoción. Pegó media vuelta y salió corriendo. Se fue. Por un instante, fue feliz y por primera vez en su vida había vuelto a no saber.

...

Me conseguí una birome, el lápiz era de mina blanda y ocupaba demasiado espacio: el grueso de las líneas era absurdo, le quitaba peso a las letras y por consiguiente, las palabras gozaban de una liviandad que me incomodaba. En fin... El bar... Ricardo... Ricardo, el abogado... Su nariz... La vela...
Digamos que Ricardo es un abogado, un profesional graduado de la Universidad Católica; un ex niño bien que hizo las cosas bien, aunque siempre tuvo dentro de si, el bicho del cambio, ese deseo del non-establishment. Sus ojos avinagrados todavía sostenían una mirada romántica. Nóstalgico, Ricardo me comentó algo sobre sus viajes y su estadía en Buenos Aires durante la dictadura de Onganía; «Tiempos dificiles» me dijo. De Buenos Aires, le fascinó la Bohemia, y a mi me resultó curioso oír hablar de «La Bohemia» como tal. En el aire, el aire que existió por entre nuestra conversación, pude olfatear el aroma de un espíritu que, aunque cagado a patadas por las botas de la vida, todavía aguantaba. Y volvía al ruedo. Volvía, como Mikey Rourke en «Barfly», volvía al bar por otro trago, después de que el bar tender le hubiese partido la cara a trompadas la noche anterior.
Ricardo estaba ahí, en su bar, el bar que me dijo: «Un bar de amigos». Ricardo estaba sentado, ahi; en un bar del puerto. Su «Cola de mono», vacío. Su nariz escrachada, y el espacio entre el pulgar y el índice de punta en blanco.

...

Paso apurado, hacia arriba. El trago amortigua los ruidos y exhalta los olores. Bart disfruta del trance, se lo encuentra sereno. Me cuenta algo bueno. Compra un bocado en la panadería.
«¿Compramos unas birras?»
«Y...Si no queda otra...»
Subiendo y subiendo... en Valparaiso casi el noventa por ciento del tiempo estás caminando para arriba; Lo lógico indica que, si subís, después bajas en igual medida.... En Valparaíso, eso no pasa. Tuvimos que frenar antes de llegar al hostel, el cóctel de escabio y esfuerzo nos había empezado a dar dolor de cabeza.
Así siguió la noche, un aperitivol, se transformó en un arranque bastante importante; en el hostel, con todos.
Pasé estaciones
en mi habitación,
de vacaciones
escuchando
tristes canciones felices
y leyendo a John Fante.
Vi pasar el tiempo
a través de mi ventana,
intentando entender..
¿cuándo se trata de entender?
cuando se trata de un dos,
que se transforma en dos unos..
nunca entendés,
Hasta que dos,
se trasforman de nuevo en uno.
Por que al fin y al cabo,
como le dijo Valerio a su mamá,
1 + 1, es igual a uno.

martes, 19 de octubre de 2010

domingo, 20 de junio de 2010

Recoveco.


Recoveco

Ahí donde mandamos el fideo
que
se escapa de la olla
o
donde pateamos
los cachitos
de cebolla
que caían
al piso
mientras
la picabamos...

Recoveco, el espacio:
la "rendija" -entre-
la heladera y
la pared

o

entreelpisoylaalacena,
detrás del sillon o
debajodelaalfombra
donde

escondemos las migas
que planearon al piso.

espacio...
inalcanzble a la distancia
acogedor en la cercanía.

recoveco...

complice del hastío
escondite de las mas inocentes fechorías.

recoveco... espacio.

espacio elástico,
donde muta el centimetro

y todo se vuelve inalcanzable...

recoveco...

alacena de historias...
historias que quedaron

en segundo plano

o en
una toma fuera de foco...

eternos extras en la cinematografía

del espacio.
recoveco...
el hogar
del polvo
el
microcosmos
del

olvido.

recoveco...
narrador omnisciente
de crónicas cotidianas.

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